Uno en la infancia no se preocupa por el tiempo, si son las cuatro de la tarde o las cuatro y dieciocho. Después a medida que vas creciendo aprendés a leer la hora en los relojes agujas y después te regalan uno a los ocho o nueve años. Cómo dice Cortázar en "Historia de Cronopios y famas", "(...) No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a tí te ofrecen para el cumpleaños del reloj. (...)". Y entonces ahí uno comienza a relacionarse diariamente con el tiempo.
No recuerdo bien cuando me regalaron mi primer reloj, pero sí cual fue el primero que comencé a usar. Fue a los diez años aproximadamente y era uno digital porque nunca supe leer rápido los relojes aguja, ni siquiera ahora. En fin, a los dos años se me rompió y desde ahí hasta los dieciseis aprendí a convivir con el tiempo sin saber las horas. Al principio recuerdo que fue dificil, me miraba la muñeca y no había rastros de numeritos. Pero uno se acostumbra a todo y yo me acostumbré a mi reloj mental.
El problema con los relojes mentales es obvio, son bastante inexactos. La mente engaña y siempre quiere pensar que es más temprano de lo que es.
Aquí es cuando creo que comenzó mi gran problema con el tiempo, que hasta ahora subsiste y creo que nunca podré solucionar. Esa costumbre de hacerle caso a mi mente y no al tiempo mismo quedó intacta y a pesar de que ahora pueda ver la hora exacta, la ignoro.
Ya es costumbre llegar tarde, aunque quiera no puedo llegar a horario. Es mi naturaleza.
Quizás todo esto sea una mera excusa para no admitir que llego tarde porque no me molesta o porque me gusta, no lo sé, no creo.
Al fin y al cabo, ¿Qué es el tiempo?